Mis árboles. Han sido testigos silenciosos del paso del tiempo, compañeros de infancia, sombras protectoras en los veranos gallegos. Pero ha llegado el momento de tomar una decisión difícil: venderlos a una empresa maderera. Una decisión que pesa, pero que también trae consigo una mezcla de pragmatismo y, admitámoslo, un cierto alivio.
En Galicia, la madera es un recurso valioso, una parte esencial de nuestra economía y paisaje. Mis árboles, principalmente eucaliptos y pinos, han alcanzado la madurez, y sé que es el momento adecuado para su aprovechamiento. La idea de verlos convertidos en madera, en materia prima para la construcción o la industria papelera, tiene su propia lógica.
Contacté con varias empresas madereras de la zona. Quería asegurarme de obtener el mejor precio, pero también de que la tala se realizara de forma responsable, minimizando el impacto ambiental. La negociación fue un proceso interesante, un tira y afloja entre la oferta y la demanda. Al final, llegué a un acuerdo con una empresa que me transmitió confianza y profesionalidad.
La tala fue un espectáculo impresionante. Las máquinas entraron en acción, y en pocos días, el bosque se transformó. El crujir de los árboles al caer, el olor a madera recién cortada, el trabajo coordinado de los operarios… todo ello formaba parte de un ciclo natural que me recordaba la importancia de la gestión forestal.
Sé que algunos vecinos no entienden mi decisión. Para ellos, los árboles son parte del paisaje, un elemento intocable. Pero yo veo más allá. Veo la oportunidad de invertir en nuevos proyectos, de mejorar mi calidad de vida, de contribuir a la economía local. Y, por supuesto, de plantar nuevos árboles, de asegurar la continuidad del ciclo.
La venta de mis árboles a una empresa maderera Galicia ha sido una experiencia compleja, llena de emociones encontradas. Pero también ha sido una decisión meditada y responsable, que me permite mirar al futuro con optimismo.