¿Un bombón por tres mil euros?, ¿patatas fritas desde sesenta?, ¿chocolates en tableta por casi quinientos? El mercado del lujo no vive solo de bolsos, relojes y joyas. También los comestibles más básicos pueden constituir un objeto de colección, al menos considerando su precio de venta y las excentricidades de su packaging o composición.
Un ejemplo paradigmático es el chocolate ‘Masters Series Enriquestuardo’ de la marca To’ak, elaborado a partir de una rara variedad de cacao, de producción escasísima, que además es añejado en barriles donde han reposado vinos de Sauternes. Sus envases forman parte de la experiencia gourmet. Incluyen folletos de hojas doradas y cofres de madera que justifican los tres dígitos de la etiqueta del precio.
Las galletas con trocitos de chocolate —las cookies americanas— se cotizan tanto como las trufas en Last Crumb. Esta pastelería de Los Ángeles, EE.UU., vende sus galletas a doce euros por unidad. ¿Una locura? Aunque posiblemente lo sea, el acceso a sus colecciones de San Valentín tiene lista de espera. El porqué de sus precios se encuentra en el uso de ingredientes selectos (escamas de sal Maldon, chocolate francés, etc.) y en campañas de marketing que nada tienen que envidiar a las grandes marcas.
Por otra parte, Godiva, Valrhona y otros fabricantes de lujo comercializan sus cajas de bombones muy por encima de la media sectorial. Pero el bombón Glorius de Daniel Marcelino Gomes es un caso aparte. Este chocolatero y chef luso diseña este dulce con forma de diamante usando las trufas, azafranes y chocolates más exclusivos del mundo. Se vende a tres mil novecientos euros por unidad.
Algunos solteros resuelven sus compras semanales con setenta euros. Esto es lo que cuesta el estuche (que no bolsa) de patatas fritas St Erik. Contiene cinco patatas que son el resultado de mezclar ingredientes tan raros como la seta Matsutake o la cebolla Leksand.