La primera estela de la mañana: poner rumbo a las Cíes antes de que despierte el día

El despertador sonó cuando todavía la noche cerraba las calles y el puerto descansaba en una penumbra húmeda y silenciosa. Madrugar un día libre siempre exige un pequeño pulso contra la pereza, pero hay viajes cuyo premio borra de un plumazo cualquier rastro de sueño. Subir la cremallera de la mochila, calzarse las botas y enfilar hacia la estación marítima con el primer café templando las manos es un ritual que tiene algo de complicidad secreta con el mar. Sabía muy bien por qué había elegido el primer barco del día: las Islas Cíes no se disfrutan igual cuando el sol ya está alto y la multitud llena las pasarelas.

En el muelle, el barco para las islas cies esperaba amarrado, cabeceando suavemente sobre el agua oscura mientras los motores empezaban a ronronear con ese sonido grave y constante que anuncia la partida. Éramos pocos pasajeros a esa hora. Cuatro senderistas con bastones telescópicos, un par de fotógrafos vigilando sus objetivos y alguna familia silenciosa, todos compartiendo esa mirada expectante de quien sabe que va a presenciar un espectáculo privado. Busqué sitio en la cubierta superior, al aire libre, sin importarme la rasca que bajaba de la ría.

Soltar amarras y ver cómo el barco empieza a abrir su estela de espuma blanca sobre el agua lisa como un espejo es una sensación insuperable. Conforme nos alejamos de la dársena, la costa va quedando atrás envuelta en brumas y luces tenues, mientras el perfil de las islas —Monteagudo y O Faro unidas por la fina cintura de Rodas— empieza a recortarse contra un cielo que pasa del gris plomizo a los tonos dorados y rosados del amanecer. La brisa marina, fría y limpia, te da de lleno en la cara, despejando los ojos y llenando los pulmones de un salitre puro que no huele a ciudad.

El momento del desembarco en Rodas a primera hora roza lo mágico. Cuando la rampa metálica golpea las tablas del muelle y pones el pie en tierra, la isla te recibe con una calma sobrecogedora. No hay gritos, no hay toallas multicolores disputándose la orilla ni colas en las cantinas. La playa de Rodas es una media luna inmensa, desierta, con su arena blanca intacta y el agua turquesa tan transparente y quieta que parece congelada en el tiempo. Solo el graznido lejano de las gaviotas rompe el rumor acompasado de la marea baja.

Caminar por los senderos que suben hacia el faro de Cíes a esa hora temprana es un regalo. Subir las zetas de piedra antes de que el calor apriete, cruzar el bosque de pinos oliendo a resina fresca y asomarse al acantilado para ver el océano abierto mientras la bruma se disipa te reconcilia con el mundo. Madrugar para tomar ese primer barco no es solo ganar horas al reloj: es tener el privilegio irrepetible de sentir que el paraíso acaba de abrir sus puertas únicamente para ti.